“El mayor mal no es radical, no tiene raíces,
y por eso no tiene límites;
puede llegar a lo impensable
y conquistar el mundo entero”.
Hannah Arendt
Vivimos tiempos desandados donde el actuar de muchas personas inmersas en la estupidez y la banalidad son parte de la zapata útil para el florecimiento de futuros totalitarismos en el hemisferio occidental.
¿Puede ser considerada estúpida una persona reconocida como inteligente por su desempeño profesional? Según el filósofo austriaco Karl Popper (1902-1994) si no actúa con sentido crítico, pues si, si puede ser considerada estúpida.
El griego Aristóteles (sigo IV a.C.) creía que la estupidez no era simplemente la ausencia de conocimiento, sino la falta de sabiduría. Una persona estúpida no es la que no sabe sino aquella que, sabiendo, no actúa con juicio.
Para el filósofo griego la sabiduría no solo implica el conocimiento de hechos, sino la capacidad de aplicar el juicio de manera prudente.
En la Antigua Grecia existía la palabra akrasia para definir a la persona de voluntad débil, que actúa contra el buen juicio. Es el individuo que toma una decisión, aunque piense que hay una mejor alternativa.
Ya en nuestro cercano siglo XX recordamos al teólogo alemán y adversario del régimen nazi Dietrich Bonhoeffer quien desarrolló una teoría de la estupidez, indicando que va más allá de una simple falta de inteligencia, examinando cómo esta puede ser una fuerza destructiva en la sociedad.
Bonhoeffer describió la estupidez como una forma de perversidad que puede ser más peligrosa que la propia maldad consciente, ya que las personas estúpidas actúan sin comprender las consecuencias de sus acciones y son incapaces de reflexionar críticamente.
El pastor luterano y teólogo advierte que la estupidez se populariza especialmente en ambientes de poder y dominación. Observa como las estructuras autoritarias y las ideologías totalitarias fomentan esta al promover la aprobación y la obediencia ciega. Las personas renuncian a su pensamiento crítico y aceptan, sin cuestionar, las órdenes y afirmaciones impuestas por los cabecillas. Podemos decir que es una variante de la akrasia.
Hannah Arendt (1906-1975) fue una fue una filósofa de origen alemán que dejó un consejo que trasciende el tiempo y que los pueblos e incluso buena parte de sus elites gobernantes: políticas, económicas, comunicacionales, religiosas, entre otras, no quieren escuchar: el mal no siempre se manifiesta como algo inhumano. Muchas veces se nos presenta con visos de normalidad, en la burocracia y en la indiferencia. Esta idea, central en su obra Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal, surgió de su cobertura del juicio al genocida nazi Adolf Eichmann, uno de los arquitectos del Holocausto. Arendt observó que Eichmann no era un monstruo, sino un hombre ordinario, un burócrata que cumplía órdenes sin reflexionar sobre las consecuencias de sus actos.
La filósofa nos advirtió sobre cómo las ideologías totalitarias se nutren de la inercia y la complicidad de la ciudadanía de a pie. El nazismo no triunfó únicamente por la brutalidad de sus líderes, también porque millones de personas aceptaron, interiorizaron e ignoraron sus atrocidades.
Arendt subrayó: “El mayor mal no es radical, no tiene raíces, y por eso no tiene límites; puede llegar a lo impensable y conquistar el mundo entero”. Este enunciado es aplicable a nuestra realidad del siglo XXI. Nos advierte cómo el mal puede expandirse cuando no se le enfrenta directamente. Ella no estaba hablando de un mal teórico o impreciso, sino de uno concreto, arraigado en la indiferencia y la falta de pensamiento crítico. Hoy muchos ciudadanos en su banalidad alimentada por diversos medios de comunicación, algunos popularizados por las redes sociales, son alimento para los totalitarismos encubiertos en el manto de lo sensacional, precisamente porque son individuos que se masifican y no reflexionan sobre sus acciones. Simplemente siguen la corriente, obedecen, dan «like» y persiguen tendencias.
La teoría de la estupidez de Bonhoeffer y el llamado de Hannah Arendt siguen siendo una advertencia relevante en el mundo actual, donde la desinformación, la polarización y la manipulación utilizando la técnica del mago, o sea, te muestran una distracción para hacer su truco, son problemas crecientes. La capacidad de pensar críticamente y debatir las narrativas expuestas es importante si aspiramos a mantener sociedades con sueños de una mejor justicia y libertad.
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